Pese al insomnio de las últimas semanas, a la vuelta a la rutina, al final de los periplos y demás desgracias inevitables, te despiertas sin querer, antes de que suene la alarma, casi extáticamente. Y sin tener muchas razones aparentes aunque si las buscas, las encuentras.
Día para reunirse y recordar, compartir, opinar e inventar futuros. Día influido por la normalmente imposible de encontrar ataraxia que siempre hay una persona dispuesta a transmitir. Día inspirado por la persona –se supone que lejana, pero agradecidamente cercana– que más te ha hecho aprender en los últimos meses, aunque él no lo sepa o se niegue a aceptarlo por pura modestia. Día dedicado al arte y su imperturbabilidad. Día expresivo, plástico, incluso bohemio.
Día especialmente claro. Por dentro y por fuera.